La industria textil pierde competitividad y empleo en un escenario de apertura y consumo débil
La industria textil atraviesa una crisis profunda marcada por la caída del consumo, la apertura comercial y un deterioro acelerado de su competitividad, con plantas paralizadas y una fuerte pérdida de empleo.

La industria textil argentina atraviesa una crisis profunda, atravesada por la apertura comercial, la caída del consumo interno y un deterioro acelerado de su competitividad. Desde fines de 2023, el sector enfrenta un cambio estructural en el marco de la política económica que impactó de lleno en uno de los entramados industriales con mayor capacidad de generación de empleo. El resultado es una combinación de menor actividad, creciente incertidumbre y cierre de plantas productivas.
Los datos son contundentes. Según referentes sectoriales, siete de cada diez fábricas textiles se encuentran paradas y la utilización de la capacidad instalada cayó a niveles históricamente bajos, en torno al 32%–37%, los peores registros de la última década. La producción se contrajo más de 20% interanual en septiembre y la tendencia se profundizó hacia el último trimestre del año, con fuerte ajuste de turnos y suspensión de operaciones.
La caída del consumo aparece como uno de los factores centrales detrás del freno productivo. La pérdida del poder adquisitivo y el encarecimiento del crédito limitaron las ventas, mientras que el tipo de cambio apreciado dificultó la competencia frente a los productos importados y redujo las chances de exportación. En este contexto, las importaciones de textiles e indumentaria crecieron con fuerza, impulsadas principalmente por productos de origen asiático y por plataformas de comercio electrónico. En este marco, el sector denuncia una competencia desbalanceada, donde la carga impositiva interna —que representa cerca de la mitad del precio final de una prenda— juega un rol determinante.

Un fenómeno que ganó relevancia en 2025 fue el ingreso de ropa usada, históricamente restringido por razones sanitarias y productivas. Aunque los montos absolutos aún son bajos, el crecimiento fue exponencial y la ropa usada pasó a representar una porción significativa del volumen importado. Este cambio no solo reconfigura el mercado desde el punto de vista económico, sino que también reabre debates sanitarios, ambientales y productivos. La expansión de este canal se inscribe, además, en la lógica global del fast fashion, un modelo de producción masiva y acelerada que genera excedentes estructurales y presiona a las industrias locales de los países importadores.
El impacto social ya es visible: a septiembre se habían perdido al menos 16.000 puestos de trabajo en el sector, una cifra que podría ampliarse si la tendencia no se revierte.
Desde la industria advierten que el proceso actual combina rasgos de aperturas pasadas, pero con una velocidad inédita, potenciada por la escala productiva global y el comercio digital. En ese marco, el debate se centra en cómo recuperar competitividad a través de cambios en el esquema impositivo, cambiario y regulatorio, en un sector clave para el empleo y el desarrollo industrial.
